El Escandidor

Golpe a golpe, verso a verso.

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Nombre: el escandidor
Ubicación: Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

02 junio 2015

De buenos anfitriones y buenos invitados

Los buenos anfitriones no invitan —ni frecuentan— a personas sobrias. Y si alguno se cuela, se convierte o se ha convertido desde el último encuentro, por los desmanes en el carácter que producen el enamoramiento o los nuevos empleos, se lo sacrifica en honor a Dionisos ahí mismo y se lo entierra en el fondo. Del mismo modo, si el invitado no se siente a pleno para disfrutar en cuerpo y espiritu del convite, no va. La inapetencia y tristeza en la mesa delatan a los pusilánimes. Los prójimos no lo merecen o no deben saberlo. Conviene ser un miserable en privado. Bien dice el sabio: "Volverse viejo es estar triste sin perder el hambre". El hombre triste come igual y con eso se pone contento. Sus desdichas estarán intactas; pero sin embargo habran muerto porque la vida no es más que una sucesión de instantes, un viaje sin sentido al que solo alumbran (ilumina sería demasiado) los sentidos. Por último, el invitado nunca acude al convite con terceron no invitados. Es un crimen de lesa cofradía que lo extraña de la grey. El buen misántropo suspende su repulsa con fronteras minadas.

28 febrero 2011

¿salud con martirio es salud?

Por fin está recibiendo el debate ético y jurídico que merece el caso de Melina González, una joven de 19 años internada en el Hospital Garraham que pide que la coloquen en coma farmacológica porque no soporta más los dolores de un tratamiento que solo le garantiza una corta y penosa sobrevida. Los médicos, según dice la prensa, solo la sedan, lo que no alcanza para calmar los dolores, es decir que acceden parcialmente a su pedido. Todo indica que la chica -que es muy inteligente- está perfectamente lúcida. La madre la acompaña.
Quien pide que la ayuden a poner fin a su vida sin más padecimientos es mayor de edad según la ley 26.579 que reforma el Código Civil. No se trata de un caso de eutanasia, donde el fin de la vida se acelera con el auxilio de un tercero, sino de la llamada ortotanasia, es decir la decisión del paciente de no recibir más atención y poner fin al sufrimiento solo con el auxilio de paliativos que hagan menos penoso el tránsito al fin de la vida.
¿Por qué se desoye su voluntad? No se exige acaso para intervenir a los pacinetes el "consentimiento informado" (regulado por ley y pésimamente instrumentado, dicho sea de paso)? Que se requiera tal autorización para intervenir presupone que pueden negarse a otorgarlo.
¿No basta que esta pobre joven, qué es mayor de edad, diga no me jodan más y ya?
Siento que los médicos han abandonado el arte de procurar el bienestar de la vida del paciente, para sostener vanidosa y autorreferencialmente la vida del paciente, aunque sea prolongando su Vía Crucis. Le cargan la cruz que la chica quiere dejar a la vera de su camino.
¿Qué impide que los médicos le suministren la dosis suficiente de sedantes y ansiolíticos para paliar total y eficazmente todos los síntomas derivados de su patología? Si prolongan su sufrimiento ¿no es mala praxis? La salud no es la situación de bienestar bio-psico-social ¿y el padecimiento fisico, psiquico e emocional de Melina y su familia en el solo nombre de una mortificante sobrevida biológica como se compadece con esa definición del estado que los médicos deben procurar?
Existieron culturas en donde el "buen morir" era una aspiración, donde el "encarnizamiento terapéutico" no estaba entre las misiones del hombre que debía confortar a un semejante en la penosa agonía de la vida. Cuando la muerte era una hito de la vida, no un enemigo cuya victoria había que retrasar a cualquier precio.
El mandato médico es el de curar cuando se puede, pero aliviar el dolor y confortar siempre ¿los padecimientos psicofísicos experimentados por una medicación deficiente bien pueden, entonces, considerarse lesiones jurídicamente relevantes?

07 junio 2010

El periodismo y la otra banalidad del mal

Ya expira el día del periodista. Los periodistas de Crítica sacaron una edición especial para juntar unos mangos para su lucha; no cobran su salario, dicen. Mata los cagó.
Propongo un ejercicio ¿Qué pasaría si Mata no los hubiera cagado? ¿estarían escribiendo los mismos titulares, las mismas notas, cubriendo los mismos eventos? Quiero decir ¿estarían sesgando la realidad, mintiendo, siendo el panfleto de la oposición, el vocero de sojalandia? Y si la sojigarquía hubiera conseguido lo que se proponía: otro helicóptero, en vez de Isabel y del Marmota como pasajeros con Cristina como transportada y Cleto en el sillón presidencial, todo ello con el empujoncito del pasquín en el que trabajaban ¿hubieran tronado de indignación? ¿o hubieran recibido un plus en el salario, una promoción en ese u otro medio del cartel golpista, un carguito en algún nuevo Ministerio?
No sé si estuve desinformado, pero antes de que Matta los cagara y no les pagara el salario, creo que no hubo un paro de actividades, una huelga de verbos caídos porque lo rajaron a Hernán Brienza, el Subdirector del Culturas, quien se negó a cumplir la orden del capatáz de escribir contra el insolente -y traidor a la patria oleaginosa- Torugo Morales, lo que violentaba su opinión del natural del Cardona.
Los periodistas son trabajadores que tiene familia que mantener, solo hacen su trabajo. Ellos no dan las ordenes ni marcan la línea editorial; la independencia no existe; no tiene margen de maniobra. Nos es nada personal (dijo Frank Nitti); solo cumplo ordenes (dijo el sargento ayudante que manejaba el Falcon de la patota); no tenía alternativa (se justifican los carceleros del Vesubio).
Imaginemos que sí, que hay una moral y una ideología en esos obreros de la palabra, distinta a la que rezumaba el medio en el que trabajaban y que -vale recordar- ellos gestaban y lo hacían nacer, cada madrugada. Esa moral, íntima y de sobremesas chicas, muerde con las encías como los gatos viejos. Los colmillos se afilan en el kiosco y esa moral en acción (que suelen llamar ética) se divorciaba de aquella moral soplada con sordina.
Hasta hace unas semanas, cuando Matta terminó de cagarlos, ponían su talento argumentativo, su fuerza retórica, su capacidad expresiva, al servicio de la piedra esmeril de las ilusiones llamada Crítica de la Argentina. Elegían cada verbo, cada sustantivo, cada adverbio; elegían por elegancia, por costumbre o por amor propio, donde poner cada punto y coma. Modelaban y festejarían cada hallazgo irónico, esa prueba de la inteligencia que acaricia el ego.
Nunca le gritaba al público “¡ahí va la pelota embarrada!”. Embarrate y jodete.
Pero Matta los cagó y hoy son trabajadores en lucha. Mañana capaz que los contrata Spolski y volverán a hacer su trabajo. Porque son trabajadores; no hay independencia; no hay margen de maniobra; yo no elijo qué escribir; yo no decido la línea editorial.
Hago daño por fatalidad del oficio y deriva existencial.
Hanna Arendt hubiera creado un subtipo de la “banalidad del mal”: la banalidad textual.
Agoniza el día del periodista. Ojalá el año que viene festejemos ese día con más periodistas. Si Mariano Moreno y Rodolfo Walsh -de similar trágico sino- emergen de sus abismos, los cagan a patadas en el culo.

13 abril 2010

Sabiduría de la pereza

"Eduardo Galeano dice que la Utopía solo sirve para caminar, y a mi no me gusta caminar al pedo" (Carlos Barragán, argentino, contemporáneo)

Lo primero es lo primero

¿Qué fue primero, el movimiento o el reposo? Si el planeta Tierra se mueve ¿alguna vez estamos quietos? Si la Tierra es una esfera ¿por qué hablamos de centro y periferia? eh?!

05 marzo 2010

Demodé

Desde hace unos años escuchamos que hay palabras pasadas de moda. Unos políticos impugnan a otros porque acuden a categorías pasadas de moda. Desde los 90 no hay pueblo, hay gente. Patria, antipatria, colonia, liberación, son palabras pasadas de moda para los estilistas del lenguaje.
No hay palabras pasadas de moda. Hay realidades nombradas por esas palabras que se quieren oscuerecer, ocultar, abolir. No se habla de lo que no existe, no existe si no se habla de ella.
Pero la realidad se obstina en volver, y, como hoy, con brutales contrastes. Y con ellas las unicas palabras que las puede nombrar: cipayos, virreyes, traidores, colonialistas, asesinos, antipatria.

Hijos de Puta

Nadie lo dijo mejor que el negro Fontanarrosa: hay palabras, “malas palabras”, que expresan como ninguna de las “buenas” el sentido y la intensidad de lo que se quiere decir. Y también hay frases, un pequeño racimo de palabras, que juntas denotan mucho más de lo que cada una, por separado, resultan como significantes.
Hijos de puta es el ejemplo arquetípico, creo yo. Ni hijo es hijo ni puta acarrea ninguna connotación moral sobre nadie, ni siquiera tiene género. El hijo de puta es un hijo de puta y todo el mundo lo entiende.
Se enfatiza la “p”, acentuando la consonante, un imposible en el idioma castellano, casi como si se la estuviera vocalizando.

31 enero 2010

la commedia é finita

Con Carlitos decidimos encontrarnos en el bar de Rodney y Jorge Newbery, en Chacarita. Un poco por perezosos, otro poco por vuelteros y un poquitín por cholulos, recalamos en el tugurio al que le cantó La Portuaria.
Por suerte al boliche se le pasó el cuarto de hora, del mismo modo que al delicioso grupo de Diego Frenkel, así que no le queda un solo rastro de esnobismo, que hubiera sucumbido en su baño inmundo.
Apenas nos sentamos a una mesa de la vereda, supimos que estábamos en el lugar correcto: un barrio sin un solo afeite de esos que lo vuelven artificial, glamoroso, chic.
Con Carlitos compartimos la alergia por la tendencia a apalermarse del resto del Buenos Aires que hasta hace poco era de verdad popular: con boliches meticulosamente descontracturados, precios absurdos, mozas inexpertas… la nueva bohemia tilinga.
Apenas nos sentamos, decía, quedé frente al paredón lateral del cementerio. Por la vereda del bar transitaban personajes indescriptibles. El cantinero nos rejuntó lo que quedaba y nos puso una picada muy digna, que acompañó más cervezas de las que recomienda la OMS, y así pasábamos varias horas de una tarde de calor asesino hablando de todo lo humano y lo divino.
Fue mientras me afirmaba en el respaldo de la silla y derrapábamos por mil temas a la vez, como todos los amigos que se ven poco y se quieren mucho, que empecé a contar cortejos fúnebres.
Me explico: noté que por la calle que bordea el paredón del cementerio pasaba un cortejo tras otro, hasta contar veinticinco.
Entonces pensé, y lo charlamos con Carlitos, que la gente de ese barrio debe tener una profunda sabiduría existencial, porque todo el tiempo el paisaje les recuerda nuestra finitud. Debe ser, pienso, gente sin soberbia, con el ego domado, disfrutadores del día...con la parca como vecina…
¡Que diferencia con los recoletos! que han disimulado la muerte rodeándola de lo más fino de la movida porteña, y transformado los mausoleos en monumentos públicos y al cementerio en un paseo por la argentina patricia.
Hablábamos de eso, mientras lidiábamos contra los porotos a la provenzal, que no se dejan pinchar fácilmente, legumbre esquiva.

26 enero 2010

Memorabilia

Quiero ocuparme de los objetos, entre ellos las fotos, que usualmente llamamos “recuerdos”. Objetos denominados con un sustantivo polisémico: son el recuerdo y hacen recordar.
Muchas veces compramos porquerías fabricadas con ese fin explicito: un burrito que se pone color rosa los días de humedad y azul los secos, con una leyenda al pié “Recuerdo de Claromecó”, por ejemplo. Otras veces, se trata de un caracol de la playa, una piedra de un arroyo de Córdoba, mínimas predaciones a favor del acopio espiritual.
Y otras, los objetos adquieren esa enorme carga de sentido sin darnos cuenta, por el paso del tiempo y de las experiencias con esa cosita cerca; por la suerte de sus antiguos dueños (en general, cuando la parca los siega) o por haber sido azarosamente elegido para sernos regalado.
Sé, todos los medianamente sentimentales lo sabemos, que esas cosas suelen ayudar a vivir. Las fotos recuerdan -, a menudo gratamente- momentos olvidados, o detalles de momentos olvidados.
No es verdad que la memoria es selectiva: en todo caso no es solamente selectiva, también suele ser simplemente olvido, y no es tan infalible la misteriosa regla con la que manda a la basura parte de nuestros recuerdos.
Las fotos suelen ayudar a revivir (es un modo de decir) buenos momentos. Lo que no quiere decir que con ellas recordemos con fidelidad lo vivido (el recuerdo es un relato que se emancipa de la experiencia recordada, en cierto modo nos permite vivir dos veces).
Pero me pregunto si no es una relación peligrosa vincularnos tan apasionadamente con los objetos, cargarlos de tanto importancia, despojarlos de su humilde cosidad original para fetichizarlos como conyugues de la vida. La cosa es cosa -aunque me refuten los subjetivistas- y no tiene por que llevar la responsabilidad de su epifanía para alivianarnos el viaje. Dejémoslo perecer en su finito destino de cosa en los tiempos que la materia o el azar dispongan, que para la eternidad los hombres eligieron los monumentos en su inútil intento de permanecer. Y, al fin de cuentas, cualquier olvidado juego de cubiertos miserable suele trascender un par de generaciones, así que a no preocuparnos y, de paso, cuidado con alardear de nuestra breve condición biodegradable.
Desde otra perspectiva, el aferrarnos a los objetos también nos esclaviza a ellos: quien no ha visto padecer patéticamente a alguien porque le rompimos un cenicero bastante fulero que vaya a saber quién le regaló. Adoradores de cosas a las que sobresignificamos (el artesano la hizo fastidiado al final de la jornada, la pintó con letritas art decó porque no sabía otra y para nosotros es un glamoroso objeto destinado a llevarlos poéticamente a un tiempo remoto), quedamos cautivos de esa nostalgia de coleccionista, con una sospechosa inclinación a tener
antes que a ir siendo.
Dejemos que las cosas vivan su vida de molécula inanimada y liberémonos nosotros de cuidar de ellos más allá de su estricta utilidad.
Basta de juntar basura.
A la hora de encontrar los recuerdos atesorados, a la vejez, un puñado de cuentos repetidos sobre sucedidos del otro extremo de la vida dirá -les dirá a los demás- con qué nos quedamos, aunque a nadie le importe.

20 noviembre 2009

Oficios terrestres

El escandidor es un burgués de provincia chata y sin trópico, es decir, es un porteño pero mediterráneo, chacarero pero cosmopolita, de tierra adentro pero no tanto. Creció en esas familias en las que la educación era importante y por eso la razón y el pensamiento son, fueron, importantes para él. Deseó, soñó, quiso ser un intelectual, fantaseó con ser un investigador, con lograr grados académicos. Pero algo siempre le molestó, le hizo ruido, esos trajes imaginados le chingaban.
Amigo del sudor y de los vientos, del vino y de las madrugadas, del verbo pero cantado y de la risa a pata suelta, nunca se sintió como en su casa en esos salones que sin embargo frecuentó medio receloso.
Hoy terminó de comprender otra de las veinte verdades que debe aprender el pequeño burgués: ninguno de esos evanescentes paraísos de seminarios, reflexiones, mesas y papeles universitarios, de engolados o cuidadosamente descontracturados lenguaraces, ni siquiera los entrañables misántropos discepolianos del cafetín donde se aprende dados, timbas y la poesía cruel de no pensar más en mi son comparables con lo que el irlandés rionegrino insular Rodolfo Walsh llamo los oficios terrestres.
Hace un tiempo EE se empeñó, con su familia, en la intrépida empresa de construir una madriguera a medida. Para hacer la cosa más interesante, los vecinos se contagiaron y en un concierto de sierras y mazazos pasan hoy sus días EE, consorte y prole.
Esta simpática convivencia amenazaba -ya lo estarán imaginando- la precaria estabilidad psíquica de EE y disparaba su para nada menuda neurosis. Sin embargo, le ha dejado algunas enseñanzas que ya atisbaba, pero que ahora se le han hecho patentes: nadie incapaz de cambiar los tapones, revocar una pared o clavar dos maderas en ángulo recto debería estar autorizado para pontificar de cualquier tema desde un pulpito.
El poeta cursi José Pedroni, preferido por adolescentes sensibles de buena familia, dice harás con tus dos manos la cuna de tu hijo. No está mal. Todos deberíamos ser capaces de recolectar los frutos y cazar un animal para darle de comer al clan, matar a los enemigos y hacer fuego sin el magiklic, para recibirnos de persona, de machos o de hembras; de padres o de lo que fuere, es decir, para desparasitarnos.
Quiero decir: no tengo nada contra los placeres burgueses, pero no estaría mal pescar el pez que saboreamos, conocer qué parte de la vaca es esa que llamamos vacío pero nos llena, y cómo se desloma el cosechero que hace el vino del que tan presuntuosamente hablan los charlatanes tilingos de El Gourmet.
La división del trabajo, es decir la explotación de unos para el descanso de otros que pagan por esa ventaja a unos intermediarios voraces en lo que se ha dado en llamar comercio, nos ha convertido en unos salames. Unos tipitos que avergonzarían a Nietzsche y se emparentan a Rodrigo Fresan, dios nos libre.
Matá un chancho si querés comerte la bondiola demiglecé, y después hablamos.